COMO LAS FOTOS GUARDADAS EN UNA CAJA DE ZAPATOS.

3 mar 2009

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(Texto sacado de http://yosoyinsolente.blogspot.com/)

- Quería agradecerte las molestias que te tomaste ayer en mí invitándote a comer. No llevo mucho dinero, pero aquí hay un puesto de perritos muy famoso, miden como treinta centímetros y llevan todo tipo de condimentos…
- Me encantará comer un perrito caliente – sonreí, derritiéndome en sus ojos, en su sonrisa tímida.
Me tomé el descanso de una hora para comer y la seguí por las calles empedradas en silencio. Había muchísima gente en la calle, mucho tráfico, mucha vida, y el sol casi abrasaba.
- ¿Estás más animada? – le pregunté, preocupado.
- Oh, sí. No suelo ponerme a llorar en plena calle. Ayer fue algo especial – respondió, con la dureza marcada en la voz.
- Yo me alegro de que lloraras ayer. Sino, no hubiera podido ayudarte, y sería una pena que no nos hubiéramos conocido.
Pe se paró en seco y me miró como si nunca me hubiera visto.
- Para. No sigas – me exigió, con frialdad.
- No sé a qué te refieres – dije, confuso, intentando recordar si había hecho algo mal.
- No puedes llegar y hacerme sonreír. No puedes ser tan real, tan perfecto. No puede ser que me haya tocado a mí.
Pe había sufrido, lo podía ver en sus ojos fríos. Había estado sola demasiado tiempo, buscando sin cesar una persona como ella, y nunca la había encontrado. Y aunque Pe no podía saberlo, yo era igual que ella. Sólo que yo sabía sonreír a la vida, fuera de color gris o se iluminara de azul claro.
- ¿Por qué lo piensas tanto? Disfruta y no pienses. No pienses que se puede terminar, que no es real. Vivir así es muy aburrido, Pe.
- Pero…
- No hay peros – la corté, sonriendo. Sé que estaba confusa, que estaba experimentando algo, que estaba maquinando a toda máquina por entender porqué me gustaba estar con ella, con una desconocida feúcha e insustancial. Ni siquiera yo lo sabía – Quiero uno de esos perritos y luego quiero disfrutar de este día contigo. Y si quieres saber porqué, espera a que termine el día para preguntar. Será más divertido así.
Alargué la mano, tendiéndosela y su mirada me reveló que era la primera vez que alguien le extendía una mano amiga, segura. Deseé que la estrechara sin miedo, que entendiera que no iba a soltarla nunca si me lo pedía. Ella miró alrededor, quizá esperando ver una cámara oculta inexistente o algún falso amigo a punto de reírse, pero nada de eso apareció.
Y tomó mi mano, con tanta fuerza que temblaba. Y volvimos a caminar juntos, inseparables, porque sabía que nunca podría soltarla. Porque ella ya formaba parte de mí, sin saber porqué, sin querer explicaciones.

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