
Jamás había pensado en lo peligrosa que puede llegar a ser una mujer despechada. Siempre creí que el corazón sana, como sanan las heridas. Que podía tardar más o menos, pero que al final todo volvía a estar en su sitio. Descubrí que era mentira. Descubrí que hay amores que te destrozan como un cáncer, amores que van rompiendo cada extremo de tu cuerpo lentamente y en silencio, y que a veces no te das cuenta hasta que ya no tiene solución. Porque no siempre todo tiene solución. A la vida le sobran problemas y le faltan soluciones. Hay mujeres que jamás se curan. Al fin y al cabo, es un cáncer, y como tal te va quemando. Y pasa de repente. Un día te levantas por la mañana, te buscas entre las sábanas y ¿dónde estás? Como una idiota, comienzas a buscar alternativas, algo a lo que enchufarte durante unas horas para dejar de sentir ese horrible dolor, algún tratamiento que te saque adelante o alguien que te arrastre a la vida de nuevo. Quizá lo encuentres, o quizá no. Al mundo le importa un carajo lo que ocurra con tu corazón y tú no te encuentras capacitada para salir de esta cárcel sola. Morir de amor es una de las muertes más desagradables que existen. La gente muere de amor cada día. Y no es necesario cerrar los ojos para estar muerta. Puedes seguir respirando aunque por dentro te encuentres podrida. La gente es demasiado egoísta para notarlo y tú demasiado estúpida para pedir ayuda. Se suman los días en el calendario, pero no en tu vida. Deshojas margaritas mentales mientras recuerdas que estás enferma. Enferma de amor. Enferma para toda la vida, enferma como una diabética, como una hipertensa, enferma, enferma crónica. Bajas las persianas y te mezclas con el frío de la medianoche. Te mientes para conseguir dormir un rato, te tocas para no sentirte sola y pones la música fuerte, muy fuerte, para no escuchar las voces de tu cabeza que te recuerdan que ya eres una más en la lista de mujeres a olvidar.
(Texto sacado de: http://www.fotolog.com/vivirconmigo)
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